viernes 29 de mayo de 2009

29 de mayo de 2009 - Votar, ¿para qué?

Votar, ¿para qué?
Jesús Humberto Olague Alcalá
 
Recientemente participé en un debate sobre la próxima jornada electoral del 5 de julio, en donde habremos de elegir a quienes "nos representarán" en la Cámara de Diputados; en dicha conversación, más que discusión, se debatían algunos aspectos del camino previo a recorrer, de lo que podríamos ver el día de la elección y, finalmente, de las consecuencias que este proceso nos deberán reportar.
 
Como se podrán imaginar, la conversación fue bastante amplia y con muchas aristas, que dan tema para más de una reflexión, por lo que sólo me enfocaré en esta oportunidad a uno de los temas que se comentaron a una serie de preguntas expresas de uno de los que participábamos en este debate: Votar, ¿para qué?, ¿qué pasaría si nadie votara?, ¿cómo se legitimaría al "ganador"?
 
Prácticamente todos coincidíamos en que para un país democrático que se precie de serlo, o pretenda seriamente alcanzar ese calificativo, el voto popular en porcentajes importantes es el único medio por el que podrá lograr o validar su sistema electoral, pero un voto consciente, razonado, basado en el conocimiento y contraste de las diferentes propuestas, de candidatos reconocidos por su trayectoria y calidad moral, de la congruencia de las acciones de sus predecesores y de partidos comprometidos con el interés común, entre otras posibles consideraciones.
 
Lo ideal es acudir y votar por una propuesta, un candidato o un partido, pero votar, que al final es lo importante; desafortunadamente es de todos bien sabido lo vapuleada que está la imagen de la gran mayoría de nuestros políticos, que no son confiables y que están ahí para defender los intereses de unos cuantos, sin ahondar en los nexos que pueden tener con estructuras de poder, sea político, económico o delincuencial.
 
Sin embargo, una de las ideas más comunes entre los que ahí estábamos era que si no votamos podremos hacer ver a políticos, gobernantes y autoridades electorales la poca calidad de los candidatos, de los partidos, de las propuestas y del proceso, y el descontento y desencanto de la población por la mediocridad, por no decir más, de nuestras estructuras de gobierno, posición que aunque tiene su parte de razón, no sólo no comparto sino más bien estoy convencido de todo lo contrario.
 
Desde mi particular punto de vista, no acudir a las urnas, más que reprobar la actuación de los políticos, termina convalidando nuestro deficiente sistema de partidos, porque facilita la permanencia en el poder de partidos que local o regionalmente tienen mayor penetración o una estructura organizacional más amplia, en donde la militancia es mayor y es una ganancia lo que se logre obtener del llamado voto duro; pero no sólo eso, alienta la formación y facilita la permanencia de los partidos llamados rémora, de aquellos que se alimentan de las migajas que sus alianzas con partidos más grandes les reportan y viven de los porcentajes mínimos de votos necesarios para mantener el registro, y es que si un partido mantiene su registro logrando el 2% de los votos en una elección y del padrón de electores sólo vota el 35%, con obtener el voto de un 0.70% de los votantes registrados les sería suficiente para seguir mamando de la teta grande hasta el siguiente proceso electoral federal.
 
Por mi parte proponía, en contraposición y basado en el "supuesto" de que no hubiera candidatos que nos llenen el ojo, otra postura que a mi entender tiene mayor visibilidad y repercusión: la anulación voluntaria del voto.
 
La opinión surge de la convicción de que a menor cantidad de votos, mayor posibilidad de maniobra para quienes corrompen el sistema electoral y se aprovechan de ello, y es que todos hemos escuchado alguna vez sobre compra de votos, boletas falsas, urnas embarazadas, acarreo, muertos votantes, mano de la delincuencia organizada en las campañas, y un verdadero rosario de misterios, de los de antes, de los que se rezaban en una tarde casi completa con todo y letanía.
 
Por otra parte, utilizando el mismo ejemplo que un par de párrafos antes, si del 35% de participación podemos llegar a una participación consistente superior al 75%, subiríamos el nivel de exigencia a los partidos pequeños a un mínimo de un 1.50% de votos del total de electores, que no es cualquier cosa, obligándoles a mejorar hasta, ¿por qué no?, conviertirse en actores importantes en el escenario político, y no sólo en patiños de los partidos grandes, dando una falsa impresión de un sistema electoral verdaderamente democrático, lo que finalmente tendría, supongo, como consecuencia, que los partidos grandes sientan la presión y también mejoren de alguna manera. Vaya pues, así las cosas, cuando no hay mejores opciones, yo prefiero utilizar mi voto, así sea nulo, para decidir qué partidos políticos tienen a la gente, las propuestas y el trabajo necesarios para mantenerse en el escenario político.
 
Digo, yo nada más digo.
 
[=?ISO-8859-1?B?MjAuIFZvdGFyLCBwYXJhIHF16SAocmVjb3J0ZSkuSlBH?=-730651]
 

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada