Jesús Humberto Olague Alcalá (*)
Los llamados recientes del presidente Felipe Calderón a la ciudadanía, excluidos los criminales, por supuesto, e incluidas, claro está, todas las fuerzas políticas, a "que demos juntos una respuesta unida y firme frente a quienes atentan contra la vida democrática y la paz de los mexicanos", evidencia una vez más la situación real de la lucha a la que se lanzó Calderón casi al inicio de su mandato, aún cuando entonces ni estaba en la agenda de los temas importantes para la nación ni fue parte de la plataforma política que le llevó, haiga sido como haiga sido, dirían mis no pocos amigos lópezobradoristas, a ocupar la silla presidencial.
Desafortunadamente la reacción de la sociedad civil, las críticas, los oídos sordos, el desinterés y el rechazo a sus llamados, a sus políticas y a sus colaboradores, los resultados adversos en todos los procesos electorales en su mandato indican lo desgastante y contraproducente que han resultado para él, para el pueblo y para las instituciones, la forma atropellada, a tumbos y tropezones, más reactiva que proactiva en que se ha caminado en este país en los últimos años, y posiblemente no sea un rechazo total y definitivo a su gestión sino una forma de decirle al presidente que cambio y alternancia no son lo mismo, y si las cosas no cambian de rumbo durante los próximos dos años habrá mucha alternancia, pero si no llegan los cambios esperados los futuros gobernantes tendrán que poner, valga la desafortunada metáfora, sus barbas a remojar.
Cada vez es más evidente cuan sólo está Calderón en este asunto, y no me refiero únicamente a la lucha contra la delincuencia y el crimen organizados sino a toda actividad de gobierno, que lo primero que necesita es un líder que defina la visión, misión y objetivos, tan precisos y alcanzables que no dejen lugar a dudas; con argumentos tan convincentes que no sean cuestionables, sobre el reclamo generalizado de una sociedad que, aseguro sin temor a equivocarme, coincide en la necesidad urgente de recuperar la calidad de vida, la paz y tranquilidad con que se podía vivir en este país hasta hace unos cuantos; con base en programas y planes estratégicos bien fundamentados que puedan, dada la finitud de su mandato, ser continuados por sus sucesores, sea cual sea su origen e ideología, aunque en este país de alianzas y coaliciones absurdas la ideología y filiación política hoy estén instalados en un plano de inferior relevancia; que se rodee de la gente idónea, con el perfil adecuado a los retos que una empresa de esta magnitud requiere, pero no sólo idónea en lo que a capacidad y experiencia se refiere, sino con un perfil más importante todavía, con una rectitud y una probidad incuestionables, que no se preste a la transa, el cochupo, la mordida; con los recursos económicos, humanos y materiales necesarios a su entera disposición, pero no para hacer lo que él desee de momento sino lo que la estrategia y las condiciones requieran; con sistemas de inteligencia que sean utilizados para apoyar a la consecución de las metas predefinidas y no para fines electorales que no deberían distraerle del mandato que el pueblo que por él votó le confirió; que, echando mano de la frase trillada y el lugar común, no se preocupe sino se ocupe de gobernar con el bien común como objetivo principal por encima de intereses personales o partidistas; que entienda que la única forma de lograr que su partido político o grupo de poder se mantenga al frente del gobierno no es con actos y discursos electoreros sino haciendo bien su trabajo.
Lo más desafortunado de todo es que, por lo que se ve, ese liderazgo, esas visión y misión, esos objetivos, esas políticas, esa organización, ese mando y todo eso que este país tanto necesita tendrán que esperar en el sobre destinado a los buenos deseos o a las cartas navideñas para una mejor ocasión.
Digo, yo nada más digo.
(*) Ingeniero en Sistemas Computacionales
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